
En EHPAD, a veces una auxiliar de enfermería entra en una habitación a las seis de la mañana para un cambio y escucha a una residente de 87 años murmurar “mamá”. La madre en cuestión ha fallecido hace más de cuarenta años. La escena se repite, a diferentes horas, en personas con perfiles muy variados. Lejos de ser anecdótico, este comportamiento constituye una señal que los equipos de atención y los familiares deben decodificar en lugar de banalizar.
Circuitos del apego y regresión cerebral en la persona mayor
Para entender por qué una persona mayor llama a su madre, debemos mirar hacia la neurología antes que hacia la psicología. La amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal forman juntos los circuitos del apego. Son ellos quienes, desde los primeros meses de vida, asocian la figura materna con la seguridad.
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En una persona mayor en situación de estrés agudo (hospitalización, dolor, confusión nocturna), estos circuitos se reactivan de forma regresiva. El cerebro no “elige” conscientemente reclamar a su madre. Regresa al esquema más antiguo y profundamente arraigado: el del vínculo primario.
Esta reactivación explica por qué la llamada también ocurre en personas perfectamente lucidas, sin demencia diagnosticada. Un pico de fiebre, una noche de insomnio en una habitación de hospital o un episodio de dificultad respiratoria son suficientes para interrumpir las capas cognitivas recientes y permitir que resurja esta demanda arcaica.
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Llamar a su madre sin demencia: un marcador de ansiedad enmascarada
Se suele asociar la llamada a la madre con la enfermedad de Alzheimer o con una confusión relacionada con la vejez. Las observaciones en geriatría muestran una realidad más matizada.
En sujetos mayores no afectados por demencia severa, esta llamada a menudo está correlacionada con síntomas depresivos o ansiosos enmascarados. Insomnio crónico, somatización (dolores difusos sin causa identificable), irritabilidad inusual: estos signos pasan regularmente desapercibidos porque se les atribuye al envejecimiento normal.
La llamada a la madre funciona entonces como una señal de alarma emocional. La persona no pide literalmente ver a su madre. Expresa una necesidad de reaseguramiento que su entorno actual no logra satisfacer, a veces simplemente porque nadie ha identificado la angustia subyacente.
Lo que el entorno puede detectar
- Un cambio reciente en el ritmo del sueño, con despertares nocturnos más frecuentes y agitación al momento de acostarse
- Quejas físicas repetitivas (dolor de estómago, sensación de frío, dolores articulares) que no encuentran una causa médica clara
- Un repliegue social progresivo, con un rechazo creciente a participar en actividades o recibir visitas
- Epidosios de ira o llanto repentinos, sin desencadenante aparente para los cercanos
Cuando estas señales acompañan la llamada a la madre, no se trata de un capricho ni de un simple reflejo. Una evaluación geriátrica que incluya una evaluación del estado de ánimo se vuelve pertinente.
Necesidades no satisfechas en la institución: causas concretas y modificables
El modelo de necesidades no satisfechas, desarrollado por la investigadora J. Cohen-Mansfield y retomado por equipos francófonos en los últimos años, cambia la lectura del problema. Según este enfoque, gritar o llamar a su madre casi siempre traduce una necesidad física o ambiental no atendida.
Los factores identificados en el terreno son a menudo de una banalidad desconcertante:
- Un dolor mal evaluado, especialmente en residentes que ya no verbalizan fácilmente sus síntomas
- Un malestar relacionado con la incontinencia, el estreñimiento o una sensación de frío persistente
- Horarios de atención inadecuados al ritmo biológico de la persona (higiene demasiado matutina, comidas demasiado tardías)
- Un entorno sensorial inapropiado, ya sea demasiado ruidoso (pasillo, televisión colectiva) o demasiado pobre en estimulaciones
Lo que sorprende en esta lista es que cada factor es modificable sin intervención pesada. Ajustar un horario de cambio, ofrecer una manta adicional, reducir el ruido ambiental: estos gestos simples disminuyen significativamente la frecuencia de las llamadas.
Estimulación biográfica: utilizar la historia personal
Los retornos de terreno en unidades de Alzheimer muestran que el uso dirigido de estimulación biográfica calma los episodios de llamada a la madre. Aquí se habla de fotos de la madre colocadas en el campo visual de la persona, grabaciones de voces familiares, o objetos relacionados con la infancia (un tejido, un perfume, un tipo de música).
El objetivo no es engañar a la persona, sino responder a la necesidad emocional que la llamada expresa. La foto no reemplaza a la madre. Activa un recuerdo asociado a la seguridad, lo que a veces es suficiente para hacer descender la angustia.
Los retornos varían en este punto: algunos equipos informan de un alivio rápido, otros observan que el efecto se atenúa si la estimulación se vuelve rutinaria. La adaptación caso por caso sigue siendo la regla.

Final de vida y llamada a la madre: lo que los cuidadores observan
En las unidades de cuidados paliativos, la llamada a la madre adquiere una dimensión particular. Los cuidadores describen pacientes que, tras días de silencio o comunicación mínima, llaman a su madre con una intensidad que sorprende por su fuerza. Algunos familiares informan de gritos profundos, casi viscerales, que no se parecen a ninguna otra forma de comunicación.
Este fenómeno ha sido documentado por los profesionales de cuidados paliativos desde hace tiempo. No se limita a personas confundidas. Pacientes lucidos, capaces de mantener una conversación coherente unas horas antes, pasan a esta llamada cuando el dolor o la angustia superan un umbral.
El reflejo de llamar a la figura materna parece resistir a todo, incluida la degradación cognitiva avanzada. Para las familias presentes, la escena puede ser desestabilizadora. Saber que se trata de un mecanismo neurobiológico profundo, y no de un rechazo de los cercanos en el lecho, ayuda a atravesar este momento sin culpa innecesaria.
Lo que los cercanos y los cuidadores retienen a lo largo de las situaciones es que no se corrige esta llamada. Se acompaña. Sostener la mano, hablar con una voz tranquila, no contradecir a la persona que pide a su madre: estos gestos no curan nada, pero cumplen la función que el cerebro reclama, la de una presencia tranquilizadora que hace eco del primer vínculo.